La Ciencia

Por: Laura Martínez Domínguez.

El diván de las divagaciones está siendo ocupado por el gato, se da una exhaustiva lamida con ayuda de sus patas. La mujer no está, ha salido al teatro; un intento de huida del mundo real, del gato, del reloj aletargado.

A la mañana siguiente, el gato continúa en el diván, el reloj no ha despertado y la araña se acicala distraídamente. La mujer siente que hay algo distinto, algo que se palpa y a la vez se desvanece. Decide tomar el desayuno, mientras intenta saber de que se trata ese algo extraño… saber… bonita palabra, alguien –quizá el personaje salido de sus sueños- le dijo que significaba ciencia.

Sabe que no es recomendable atenerse a ésta equivalencia, dado que hay saberes que no pertenecen a la ciencia.

El gato despierta y entra a la cocina exigiendo su tazón de comida, se han acabado los neoplatónicos, por lo que la más reciente adquisición proviene de una caja llamada επιστήμη και η Δόξα: distíngalo usted mismo.

La mujer aun no sabe que es ese algo… pero la palabra saber logró alterar sus sentidos, como quien sale a caminar bajo la lluvia y no puede evitar mojarse; así la palabra saber toma asiento junto a ella en el diván.

La araña sentada en el número cinco, se da cuenta del “algo” que tiene intrigada a la mujer, una cantidad importante de clasificaciones está invadiendo la casa. El gato juega con Aristóteles y Eudemo de Rodas, quienes por cierto dividieron la filosofía en teórica y práctica.

Un himenóptero se para muy cerca de la mujer, pero ésta no se percata de ello; oye atentamente a Platón con la distinción entre la Opinión y el saber. Un nuevo himenóptero aparece en la cocina, el gato se relame los bigotes; prometió dejar de comer coleópteros pero nadie habló de los himenópteros.

El reloj ha sido despertado por una bandada estos seres, que además de todo dicen que Francis Bacon clasificó a las ciencias como quien habla de facultades: memoria, razón y fantasía; la mujer por primera vez se percata de los seres con alas membranosas y se ríe de si misma al pensar que con esa clasificación podría hacer algo así como la historia de la ciencia a modo de poesía. Hobbes la pone en su sitio con ciencias de hechos y ciencias de razón.

Los himenópteros son tantos que ya es imposible contarlos y no digamos pasarlos por alto. Quizá Ampère le de una respuesta razonable desde las ciencias cosmológicas y las noológicas… sin existo… no logra entenderle a cabalidad por lo que deja a Ampère de lado, puesto que el gato tiene una fiesta en la cocina; persigue himenópteros como si de ello dependiera su vida.

El reloj trata de sacudírselos pero sólo tiene a la mano a Schopenhauer para ello, y a pesar de sus ciencias puras y empíricas, no fue de gran ayuda.
La mujer no sabe que hacer con tantos seres voladores. De pronto recuerda que los escarabajos vuelan antes del atardecer… lamentablemente estos son himenópteros y no sabe la hora exacta en que se despiden volando.

Decide llamar a Adrien Naville, pero este le hace tres preguntas fundamentales: ¿Es posible o no?, ¿Es real o no? Y por último ¿Es bueno o no? La mujer trata de decirle que no trata de clasificar los saberes y mucho menos las ciencias, solo trata de deshacerse de una plaga; la respuesta es un tono insistente que te avisa que ya no hay nadie del otro lado de la línea, la mujer decide salir a dar un paseo, con la esperanza de que al regresar la plaga haya emigrado y la palabra saber ya no esté ocupando su diván.

Este sábado el tema es la ciencia, así, sin ramas ni connotaciones. Esperamos tu asistencia en el Cairo café ubicado en División del Norte #504-c, en punto de las 6:00 p.m, para que compartas con nosotros una tarde de FiloCafé

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