La Felicidad

Por: Laura Martínez Domínguez

Una mujer ha vuelto al jocosamente llamado diván de las divagaciones, no le interesa saber que día es, el tiempo se encuentra suspendido y el reloj no sabe si indignarse o francamente alegrarse, la araña, aun no muere, por lo que se puede dar el lujo de verlo con interrogación.

El gato de siempre, juega con algo confuso e incierto pero parece feliz, sí feliz… la mujer lo observa y se pregunta si ella es feliz, si ha logrado acaso que la felicidad sea parte de su cotidianidad, de su día a día.

Hace tiempo que se formula esa misma pregunta y busca la respuesta debajo del diván que yace inerte en el centro de su sala… la respuesta escapa junto con el gato que trae arrastrando a los filósofos, a los mismos que opinan que la felicidad es el equivalente a la obtención de cierto bien o de ciertos bienes.

No hay manera de entenderlos, aun y cuando el personaje salido de sus sueños le recomiende consultar al último filósofo que lo ha deslumbrado, el de los viernes por la mañana, Aristóteles, el que en una frase opina que la felicidad es identificada con muy diversos bienes: la virtud, la sabiduría filosófica… quisiera adueñarse de su conclusión al resolver que las mejores actividades son identificables con la felicidad… no quiere hacer la pregunta obvia, -¿Cuáles son las mejores actividades?- Pero no lo puede evitar.

Boecio salta de un diccionario y le dice que es el estado en el cual los bienes se hallan juntos… la palabra bien vuelve a aparecer, el gato salta sobre su estómago, trae las patitas húmedas, la mujer trata de averiguar el porque, pero ese gato hace cosas demasiado misteriosas.

Baja al gato y camina hacia su escritorio, San Agustín ocupa su silla y solemnemente le dice que es la posesión de lo verdadero absoluto y, en último término la posesión de dios, es fácil para un santo pensar así, lo cierto es que nunca ha creído que pueda encontrar la felicidad en algo en lo que no cree del todo.

Vuelve al diván, el gato mastica las palabras de Santo Tomás de Aquino, y la habitación adquiere un color distinto uno en donde se dice que la felicidad no es solo un estado del alma, sino algo que el alma recibe desde afuera, pues de lo contrario no estaría ligada a un bien verdadero. Para la araña atrapada en el reloj esas palabras toman tanto sentido que una vez mas emprende la búsqueda para encontrar la salida.

El reloj ha decidido despertar al tiempo, las palabras de Kant no son claras y la mujer necesita que el tiempo la ayude a entender que la felicidad es el nombre de las razones subjetivas de determinación, después de todo ¿Quién puede entender semejante cosa sin antes tener al tiempo de cómplice?

Un libro rosado le dice sigilosamente que la felicidad no es el fin de ningún impulso, sino lo que acompaña toda satisfacción… la mujer aun no sabe si es tan feliz como el gato que mastica las palabras filosóficas y se moja las patitas con sabiduría, no sabe si en realidad la felicidad no es un bien en si mismo, sino que para saber que es hay que conocer el bien o bienes que la producen, lo que si sabe es que debe seguir buscando, hasta que el día de mañana sus acciones sean tan buenas como para que las pueda llamar felicidad.

Abandona el diván, el reloj no se mueve y la araña ha vuelto ha perder la búsqueda del plan perfecto de escapada.

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